sábado, 31 de enero de 2009

Las cosas que nos nombran (VI)



Enero ciego

Intento esquivar las avenidas y el bullicio de las calles comerciales cuando salgo de casa. Y más ahora que el parque, aún desvestido de hojas y desierto de gentes, nos regala la floración de la mimosa. Uno recuerda olores de antaño: el olor a pegamento, a hierba recién cortada, a ajo frito, a gasolina, a pan tostado por las mañanas.
De pequeño yo no conocía los nombres de los árboles: manzano, serbal, haya, castaño, pino, durillo. Enero era el mes de los reyes magos y de la vuelta al cole después de unas navidades mágicas y extrañas. Ahora, no busco los atajos para ir a trabajar; doy un rodeo y me adentro por el parque desde donde no se ven los altos edificios y parece que la ciudad no te invade ni te impone sus rigores.
De pequeño la medida de las cosas eran distintas: los meses del verano, el tiempo, los olores, los colores, las distancias, el amor. Pero yo me fijaba en las mimosas con asombro y desde entonces aunque hoy estuviera ciego sabría que es enero.
He pasado por tu casa de campo ayer en mi paseo dominical y te he dejado a la puerta un ramito de mimosa para recordarte que fue en enero cuando me quedé ciego sin ti.