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martes, 20 de abril de 2010

Las cosas que nos nombran















Mi bici amarilla

Hoy en el rastro de los domingos en Gijón me quedé mirando largo rato esta bicicleta. De "enano" siempre miraba las bicicletas de los demás chicos y deseaba tener una como cuando niño te ibas a la cama la noche de reyes. La primera vez que tuve una era amarilla y con ella experimenté el placer irrefenable de dar vueltas a la manzana, doblar las esquinas sintiendo el viento en la cara al atardecer y salir del asfalto a campo abierto. Y desde entonces me hice un pájaro solitario, un amante de los olores, de los bosques, de la belleza de la naturaleza, de los viajes y de los sueños que siempre van abordo de aquella bicicleta amarilla de mi niñez. Ahora que miro esta vieja bicicleta en el mercado pienso en que la bici es un modo puro en que viajan los niños.

sábado, 2 de enero de 2010

Las cosas que nos nombran



La mesa de la cafetería
Y porque muchas veces nos rodea el silencio, el mundo parado en cualquier cafetería, rompiendo el sobre del azúcar como se rompen las promesas, y damos vueltas al café con la cucharilla como giran nuestros pensamientos como el zodiaco en el cielo nocturno. Y porque nos miramos en el café humeante: la c de caliente, la de amargo, la f de fuerte y la e de espeso. Caliente, amargo, fuerte y espeso son los sueños que jamás son nuestros aunque seamos los portadores de las esperanzas que sólo se cumplen cuando ellos (los sueños) o ellas (las pesadillas) quieren a su entera voluntad. Pero mientras, en la vigilia de las cafeterías, somos los dueños de mirar por la cristalera del café y mirar los movimientos ( a veces absurdos) de nuestros semejantes. Y podemos mirar a una chica hermosa (morena o rubia) (de pelo largo o corto) (leída o lectora sólo de las etiquetas de los traje que compra) que se aleja para siempre. El café es un brevaje que hace funcionar la imaginación, da cuerda al reloj adormecido de nuestro poder creativo, alimenta las realidades que nunca se harán reales...Miro, sigo mirando a los cafeteros y cafeteras del local y a los viandantes y siempre elijo a alguien para inventar una historia. Por todo esto, mañana volveré a sentarme en esta mesa de la cafería con mi café solo y escudriñaré el presente o las ficciones de los personajes urbanos que se cruzan ante mis ojos.

martes, 15 de diciembre de 2009

Las cosas que nos nombran



Desván

¿Qué no has sentido cada vez que subes a un desván, a tu desván o a otro cualquiera? Los suelos de madera carcomida, la cocina de leña ennegrecida, ese somier oxidado y dormido para siempre, escobas de ramas que barrieron el zaguán de la casa, mesa en donde escribimos cartas de amor adolescentes o los deberes de septiembre, las telarañas en las esquinas suspendidas con sus arañas eternas cegadas de siglos, las cajas de mudanzas que albergaron sueños y nuevas vidas, cacharritos de porcelanas o latón que ungieron tu cuerpo, la piedra enmohecida, las ventanas por donde miraste aquella escena memorial, el cigarro a escondidas, tu deseo inflamado, los cuadros de antepasados en blanco y negro, el bote de pintura reseca que para siempre se quedo almacenada como se quedan almacenadas todas las cosas en el desván cuando huímos. Si buscas el tiempo caducado ahí lo tienes, en su letargo perpetuo, a la espera de que de nuevo subas al desvan.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Las cosas que nos nombran



El reloj

Las 10 y 5 en el salón donde hacia los deberes una mañana nitida de verano. Las campanas de la torre de aquel pueblo que marcaban las 3 de la madrugada de vuelta con el sabor de su boca. Las 6.55 del despertador en aquella mañana invernal con la cartera dormida y los ojos pegados aun para coger el autobús del colegio. 15 minutos antes mi madre haciendo el desayuno a mi padre y el trajín de los cacharros en la cocina y el olor a pan tostado. El sol saliendo por el este por encima de los edificios deben de ser las 8. Las 6 de la tarde y ya anochece en una tarde de aguaceros camino de mis clases de solfeo. La hora en los parquimetros. La esfera de hierro de la catedral. Los números digitales en el mobiliario urbano. La misma dependienta taconeando por la calle desolada a punto de abrir la tienduca. El reloj redondo y blanco tras la barra del bar donde tomaba un cafe (siempre corto y sin azucar). Relojes de señora, de caballero en las muñecas esperando en la parada del autobús o comprando el periódico. Tengo una historia en cada posición de las manecillas del reloj. ¿Te la cuento?

sábado, 18 de julio de 2009

Las cosas que nos nombran



Aquellos veranos, aquellas siestas, aquel cuarto.

Mis veranos de pequeño eran largos, lentos, misteriosos. Cuando viajaba a aquel pueblo, aun estando cerca de donde vivía con mis padres, las distancias eran enormes y el tiempo eterno tal vez porque no pensaba nunca en mañana. El futuro nunca existía. Viajábamos en seat 1500 de color amarillo limón desdibujado por el sol. El taxista era el único taxi del pueblo. En la baca del coche bien atadas viajaban maletas y un bulto redondeado de mantas donde mi abuela guardaba pequeños aparatos de cocina como el rayador de pan, la trituradora, espejos, cubos que a su vez iban relleno de otros objetos.
La casa era vieja, desvencijada, grande, con una enorme terraza donde mi abuela ponía un barreño con agua por la mañana para que pudieramos bañarnos por la tarde una vez recalentada por el sol de después de las doce. La casa tenia tres pisos con algunas habitaciones vacías candadas aunque siempre conseguía desencajar los tornillos atados al candado roñoso. El último piso era un desván con una cocina de leña y varias habitaciones sucias donde las golondrinas y aviones hacían sus nidos. Siempre tuve curiosidad por explorar esos lugares. Allí inventaba historias de sus antiguos moradores.
Mi cuarto era interior. Una cama incómoda de colchón rellenado de lana. La armadura de la cama de hierro y el interruptor colgaba de un cable repintado colgado en los barrotes de la cama y era una pera que al pulsar el botón encendías o apagabas la luz. La cómoda un viejo cajón apolillado donde seguramente dejé reposar mi primer libro. El suelo era de losas enladrilladas desgatadas, a veces ni se alineaban unas con otras, o estaban partidas y al pisarlas se movían.
Allí fueron mis siestas siempre frescas resguardándome de la canícula. Allí mis noches en la época de mi vida que más soñaba y según en mi diario a veces apuntaba hasta cuatro y cinco sueños en la misma noche. Allí queda el cuarto que me forjó. Cuando paso, de muy tarde en tarde, por esa casa cerrada ya a cal y canto a punto de sufrir un desplome en un momento determinado, pienso que todos somos como esos viejos cuartos donde empezamos a descifrar el entorno, a escudriñar en nuestro ser. También aprendimos a pronunciar palabras que solo los fantasmas y los ausentes conocen.

sábado, 20 de junio de 2009

Las cosas que nos nombran (XVIII)




Las iniciales que amamos un día

LMN: Laura, María, Noelia. Con cada ocaso, con cada caída del sol, grabadadas en un banco, en un árbol, se difuminaron los nombres que amamos aunque fuera solo un poco , aunque fuera casi apagadamente como trazo asombroso, desolado de un pintor que acota en su pincelada la trágica alegoría del amor en el baldío corral de su cuadro.
En ese baúl en el que escodimos cartas, recortes, las letras inmaduras y las palabras antártidas con que no supimos nombrar lo que las cosas no son: el devenir del tiempo, la inconsciencia de las noches, las manos destrenzadas, los mitos, los sueños, los deseos vanos y transitorios, las mentiras, la sinrazón de los besos muertos.
El candado que pusimos a nuestro trayecto, a las iniciales con que nombramos a nuestros gestos y huellas; las siete llaves con que candamos nuestros finales y que acaso presumíamos, todo fue un baúl equivocado de un viaje a ninguna parte.
Luego con el tiempo todo pareció un extravío esperado, todo pareció un viaje errado. Vagabundos somos y también, a la vez, dueños de las iniciales en este absurda confusión. Entonces ¿por qué no poner olvido al equipaje innecesario y abandonarlo en cada estación de tren o en cada verano u otoño? La vida es un baúl cada día. Buscaremos de nuevo nuevas inciales.

domingo, 24 de mayo de 2009

Las cosas que nos nombran



Calas

Llueve despacio, casi detenidamente en el estanque de patos que dormitan a la deriva de la mañana . Ilustra la arboleda una neblina de noviembre que ha roto como por encanto las páginas del calendario. Se diría que la tierra hubiera claudicado de un estío que diluyera la conquistada rutina de los laboriosos días de trabajo y dormida mochila en la espalda de los colegiales.
Pero es mayo y huele intensamente a la flor del pitosboro que acota el paraíso verde del parque del duro asfalto de los ruidos y de los negocios ganados con el sudor de la frente.
Pero es mayo y las calas son las orejas de los sonidos primaverales de la hierba, fragores salinos de los hombres que sueñan con un dejarse olvidar tumbados junto al mar , de los paseos sin rumbo con mirada escrutadora y de los ociosos planteamientos del oficio de vivir.
Las calas se erigen hermosas como la esfinge de una mujer elegante y hermosa que hiciera memoria de los días pasados que sólo ya se soñaron, que ya se olvidaron. Se pavoniena las calas , seda de pasión procesional, que nos recuerdan que la primavera, indefectiblemente, es el embudo umbilical que nos unen a antiguas distancias de los seres queridos que ya no son.

viernes, 22 de mayo de 2009

Las cosas que nos nombran (XVII)



La pared y el techo del cuarto


¿Diré cuarto? ¿diré habitación? ¿diré dormitorio? ¿ diré estancia? ¿o diré el hogar primero de la secreta y abundante niñez? Paredes donde se cernían nubes de todas las clases: cúmulos de sueños; cirros desde los cerros de mi infancia corriendo con una bicicleta mirándolas como cometas elevadas en el confín; lenticulares que me encaminaron de mis llanuras incansables hacia las montañas elevadas por ver qué o quién se escondía en sus cimas.
A veces entre las estanterías se escondía algún ave, algún libro que me advocó a la lectura en las sobremesas, en los escondidos balcones nocturnos de la nostalgia ya temprana. Algún muñeco, trabajo manual de la escuela primaria, algún juguete de reyes desorientado mirándome ciego.
Las paredes que fueron de papel, luego encaladas sobre el papel, más tarde desollada el papel lo suplantó una pintura azulada clara que me traía la bóveda celeste incluso en las noches de miedo.
Y es que también las paredes y los techos cumplen años. En las paredes de mi habitación yo fui cambiando de piel, de altitud, de química, de física. En el techo, germinó en mí el anacoreta loco de la mochila, el nómada buscador de los pilares del arco iris y también de las palabras.

domingo, 3 de mayo de 2009

Las cosas que nos nombran (XVI)



La ventana

La casa de la ventana donde veraneaba. Donde nació mi ardiente pasión por los olores a pueblo: el pino, el tomillo, el olor a mimbre, el aroma de las gentes del pueblo que nunca saldrían de allí y que nos llamaban los veraneantes y nos creíamos diferentes. Los colores magníficos del monte, los sonidos naturales del agua fresca en la fuente donde rellenaba el botijo. La dulce complacencia de creer que el mundo nos pertenecía y que siempre seríamos niños. La conciencia sin ser cosciente de ser un punto diminuto (extrarradio y ajenos al hostil medio de los mayores )en las noches de estrellas estivales y titilantes. Aquellas calles de casas encaladas y el trasiego de una vida lenta. Mis primeras incursiones al monte donde seres mágicos me visitaban y desde entonces me aparté un poco del conciábulo y reuniones humanos.
Aquella casa grande con algunas habitaciones candadas y el desván siempre oscuro que tanto me asustaba y el ático destarlado con sus repisas de frascos olvidados, habitados de fantasmas y seres imaginarios. Allí fue donde pensé por vez primera que era mortal, en la muerte de los demás.
Y la ventana que yo ocupaba con mi cuerpo de niño y donde me sentaba a lo largo, a ver pasar al agricultor con su burro, al churrero que voceaba su mercancía o donde pasaba las horas eternas del verano para descubrir las cosas cotidianas de la vida.
Hoy he vuelto a esa calle, a esa casa cerrada y medio derruída. Hoy he vuelto a estar junto a esa ventana ahora tapiada...y créanme me vi sentado allí, un poco triste, desconsolado, porque me vi, de nuevo, envuelto de soledad y persistía el agrio dolor de las primera derrotas en el amor mientras las estrellas seguían allí arriba, tan bellas, tan ajenas al trasunto de los hombres. No cambian tanto las cosas, sólo el modo de mirarlas.

sábado, 2 de mayo de 2009

Las cosas que nos nombran (XV)




La silla

La silla de esparto o de mimbre. Los veranos eternos en la calle de un pueblecito. Noche sosegada, enjambre de estrellas en el cielo. Tras la cena, los vecinos de la calle sacaban sus sillas atechadas durante el día en el zaguán. Los niños jugábamos a correr hasta la farmacia, tan escasa era la distancia que entonces me parecía una larguísima carrera porque el tiempo y el espacio no existían. La señora Paulina, el tío Luis, el señor Faustino eran del pueblo y eran como una familia para nosotros los veraneantes de la calle Queipo de LLano por entonces. Las conversaciones se sucedían sobre cosas cotidianas. Éramos niños y ellos mayores, casi viejos, casi a las puertas de la línea de meta de la vida. Y nosotros todos un trecho de océano que navegar porque nos amparaba la inocente mirada de la luna. En aquellas sillas, sentados, acababa mis noches con los cuentos ¿o eran historias? que me contaba mi abuelo mientras yo me ovillaba a la espera de la venida de "lorencito" que era así como se llamaba al sueño. Y el sueño partía siempre de Madrid en dirección a aquella calle, a aquel lugar donde mi abuelo se sentaba en su silla de mimbre, y yo encima de sus piernas, y después la eternidad cruzó todos los océanos de la vida para que yo creciera de pronto en un santiamén. Todas aquellas sillas de la calle nocturna descansan cansadas de ser sillas porque también se hicieron viejas cuando nosotros algún día, mucho después, volvimos a esas calles a mirar con desesperada quietud los huecos que ya no ocupan las sillas ni tampoco nadie, ni siquiera las palabras y los cuentos que me contaba mi abuelo.

viernes, 3 de abril de 2009

Las cosas que nos nombran (XIV)




El espejo

Te miras en el espejo al asomo de los primeros granos de la pubertad o la primera pelusilla bajo tu nariz y de pronto, como por arte de predigistación, el espejo se avejenta treinta, cuarenta años. Los espejos, donde a menudo nos extrañamos y refutamos lo que somos, ahora te muestran las sombras y las penumbras de la espalda que nunca supimos ni pudimos atisbar. En los espejos se ahogan las palabras maledicientes, las escapadas del hogar y del lugar, las ausencias que rozaron tus manos un instante , y los seres que sintieron la impertinencia de tu presencia; y también están los demonios que te acechan azuzando los relojes mártires del tiempo . En los espejos se olvidan los cuerpos que amamos, los rostros que derramaron nuestras lágrimas, los besos que arrebatamos a quien no consideramos en nuestra ruta por la vida. Y en recuerdo de todo ello, o más bien para rememorar la penitencia de nuestra huella cotidiana, ahora llevamos pequeños espejos en los bolsos, o nos reflejan en los escaparates de las ciudades, o en los espejos de los coches donde creemos que huimos para despistar al gran espejo de la muerte.

sábado, 28 de marzo de 2009

Las cosas que no nos nombran (XIII)



Frutas, fresas y otros frutos

Cuando voy al supermercado y veo los calabacines, la miel de romero, los plátanos, los cubitos de hielo, los pepinos, las botellas de cava, la margarina, la mermelada de fresas o la nutella, pienso en tantas cosas que dijimos que haríamos y que nunca haremos.

(Microrrelato en "La Ventana" de la Cadena Ser)

lunes, 23 de marzo de 2009

Las cosas que nos nombran (XII)




El paraguas

Hoy, en homenaje, al paraguas, (este objeto donde cobijamos nuestra intimidad más honda en nuestros paseos y bajo el cual sentimos una felicidad inconmensurable, o una tristeza apagada) he decidido recitar un poema, cuyos dos versos primeros, son préstamos de Neruda, igual que la lluvia es agua prestada del mar.


Esta noche podria escribir los versos más tristes,
podría escribir por ejemplo
: llueve,
llueve mansamente afuera
y llueve aguaceros de ansiedad dentro de mi

¿por qué llueve tan triste esta noche?
¿ por qué me llueves tan hondo?
¿ y por qué olvidas al hombre que está sentado esta noche
viendo caer la lluvia.?

¡Qué mansa caen las estrellas fugaces sobre mi corazón!
Son estrellas de olvidados torrentes
como manos frías tocando octavas de hielo
en el gran piano del universo: la noche.

La noche:
¡qué gran paraguas donde cobijarse dos corazones mojados!
¿por qué llueve tan triste esta noche?
¿ por qué me llueve tanto dolor
-estruendo trueno- por mi espina dorsal?

¿por qué llueve tan triste esta noche, triste cerillera?
¿porqué frágiles calles de inviernos deambulas
vendiendo diminutas restos de un naufragio?
¿Y para qué quieres tantas cajas repletas de inviernos perennes?
¿por qué llueve toda la noche?
¿por qué tienen mis piés frío contigo?

¿por qué llueves tanto?
llueve, llueve, llueves toda la noche.
¡Qué gran remanso sería un beso con lluvia!

lunes, 16 de marzo de 2009

Las cosas que nos nombran (XI)




La cometa

¿Quién no en la misma frontera de la infancia a la niñez (indelebre línea) voló una cometa? Entonces jugabas con los demás niños en el parque o terminaban los últimos juegos en el barrio: al burro, a bote, a la taba, a hacer equipos de fútbol con chapas y papeles pintados con los nombres de nuestros equipos favoritos. Y un día, te regalan una bella cometa romboidal de colores y coleta larga. Aquella mañana, te vas por primera vez del barrio hacia un descampado, solo; o hacia la arena de un mar invernal aun intransitado. Y también por primera vez alzas la vista hacia el cielo y no sabes bien si lo que se cierne en el aire es un polígono de papel sustentado por el aire o es tu propia alma de niño que se te escapó en un repentino golpe de viento. Es entonces cuando te das cuenta que algo de ti has dejado irremediablemente atrás, que has mudado la crisálida sin más, inaugurando así la soledad del paseante y un camino sin retorno hacia el ayer. Ya nada será igual desde la conciencia. Tampoco las aves saben ni pueden volar hacia atrás o trazar las alas en el espacio exacto.

martes, 3 de marzo de 2009

Las cosas que nos nombran (X)




El sofa

Un día nos levantamos del suelo y comenzamos a caminar sobre dos piernas y descubrimos las sillas de múltiples colores y formas y materiales; sofás, tresillos, banquetas, sillones y un montón de lugares insólitos donde sentarnos en ellos. Nos sentamos en la sala de espera del médico, en mitad de la sala de un museo, en una iglesia, en casa, en el cine, en un tronco, en la arena del mar, en un árbol, en una pared o un tejado, en un coche o en un tren, en la cama y también en las piernas de la amada o amante. Los utilizamos para hablar con otros, de otros, para jugar a las cartas, para escribir un libro, para callar, para pensar, para llorar, para olvidar, para crear. Yo no sé si la filosofía nació en la postura de sentado con los manos en escuadra y un par de dedos sobre la sién. Pero de lo que estoy seguro es que nos sirve para mirarnos hacia atrás y hacia adentro más o menos cómodos.

Las cosas que nos nombran (IX)




El armario

Un aparador, el cajón de una alacena, el de un mueble bar, una mesilla de noche, un ropero o una caja de madera en donde guardamos las cosas que vistieron nuestra piel y donde alentamos la llama de amor para que no se apagara; y entonces lo que hizimos fue activar la cuenta atrás del tiempo evadido que se nos fue definitivamente de las manos. ¿Qué cosas escondimos allí en vez de guardarlas?¿Alojamos sólo un pretérito con niebla en la memoria? ¿Qué cosas apartábamos a esos depósitos transitorios que no fueran sólo escamas y fotos y cartas y tal vez el primer poema con letras manchadas de lágrima? El armario, al fin y al cabo, se convirtió en la sepultura de las cosas olvidadas. Crecimos y todas las cosas y ropajes las fuimos enterrando en esos nichos muliformes porque el ser humano es el único ser de la creación que entierra las cosas vivas mientras, a la vez , muere cada día. Por eso, al final, como si quisieramos ocultarnos en el útero materno, o bien reposarnos de la vida misma, nos metemos, todo entero o lo que queda de nuestra memoria, en otra caja donde ya no están las cosas que, antaño, escogimos guardarlas en los armarios.

martes, 17 de febrero de 2009

Las cosas que nos nombran (VIII)


Las hojas
Los pensamientos a veces se suspenden en el cielo de la boca como las hojas muertas barridas por el viento. Las hojas secas son la expresión de las cosas que los silencios, los espacios intrasitados de la voz o los aledaños innombrados de las palabras, en su muda metamorfosis, solicitan una palabra, un hábita, un auxilio, una comunión entre lo humano y el misterio de la existencia.
Otras veces, se pudren bajo los bancos de los parques como los sentimientos humanos en una mañana temprana y fría de invierno. O se ahondan en los alcorques de los árboles como se abisman los deseos mutilados del amor.
Las hojas, en su transformación vegetal, nos recuerdan que no somos los mismos de ayer. Y que mañana por la mañana, cuando nos levantemos otra vez aún, esas mismas hojas no serán ya las mismas porque entonces miraremos en el árbol otras genealogías de nuestro pasado, otras generaciones de nuestro futuro y olvidaremos los nombres que amamos y nos amaron. Basta con mirarte a la cara en el espejo para saber que las hojas de los árboles son de idéntica naturaleza que los calendarios, que la mirada prófuga de la niñez persiguiendo una cometa; o la paz o la voz que no supimos conquistar o decir en el momento preciso. Ya no son las hojas de ayer ni la mirada es nuestra la misma porque la primavera nos helará una vez más la garganta. No recordaremos las manos, los labios, la cintura de la noche tal vez...tal vez... Hojas somos, más hoja enamorada.

martes, 3 de febrero de 2009

Las cosas que nos nombran (VII)



Los zapatos

La primeras gasas que lavaron mi cuerpo, mis pies, de los ríos profundos de mi madre. La primera mantita que cubrió mi cuerpo diminuto, incluídos mis piecitos arropados para el frío y la luz nueva. Los patucos de ganchillos de la abuela. Las alpargatas de casas siempre por los suelos o bajo la camilla o entre los ejércitos de muñecos mientras yo me revolcaba por el suelo. Los zapatitos de charol y el pantaloncito corto y camisita conjuntado. Los zapatitos de lengueta abetunados a juego con el traje de marinero de la primera comunión. Las botas katiuskas con los que navegué y naufragué por todos los charcos de mi infancia. Las zapatillas de deporte con las que bajé el tiempo requerido para aprobar la asignatura en junio. Las botas de fútbol con las que marqué goles a los equipos rivales de otros barrios. Las botas de montaña o las otras con las que recorrí montes en busca de pájaros o setas o espárragos o cimas. ¡Cuántos pares de zapatos me han habitado! Todos ellos presenciaron los actos cotidianos o inverosímiles, mágicos o familiares, urbanos o íntimos; y todos ellos vieron transformar las etapas de mi vida, vieron subir número a número el tamaño de los pies y vieron crecer y mudar cuántas veces las uñas. ¿A dónde habrán ido a parar tantas huellas, tantas pisadas, tantos rastros, tantas suelas, tantas lejanías y viajes? ¿Cuántos sueños perseguí montado en ellos? ¿Cuántos se cumplieron? ¿Cuántos zapatos me quedan por estrenar? ¿Cuántos parques, paisajes nuevos? ¿A dónde me llevarán a partir de ahora? ¿Será un dato esencial alguna vez que aparezca, en las biografías, el número de botas utilizadas del finado?

sábado, 31 de enero de 2009

Las cosas que nos nombran (VI)



Enero ciego

Intento esquivar las avenidas y el bullicio de las calles comerciales cuando salgo de casa. Y más ahora que el parque, aún desvestido de hojas y desierto de gentes, nos regala la floración de la mimosa. Uno recuerda olores de antaño: el olor a pegamento, a hierba recién cortada, a ajo frito, a gasolina, a pan tostado por las mañanas.
De pequeño yo no conocía los nombres de los árboles: manzano, serbal, haya, castaño, pino, durillo. Enero era el mes de los reyes magos y de la vuelta al cole después de unas navidades mágicas y extrañas. Ahora, no busco los atajos para ir a trabajar; doy un rodeo y me adentro por el parque desde donde no se ven los altos edificios y parece que la ciudad no te invade ni te impone sus rigores.
De pequeño la medida de las cosas eran distintas: los meses del verano, el tiempo, los olores, los colores, las distancias, el amor. Pero yo me fijaba en las mimosas con asombro y desde entonces aunque hoy estuviera ciego sabría que es enero.
He pasado por tu casa de campo ayer en mi paseo dominical y te he dejado a la puerta un ramito de mimosa para recordarte que fue en enero cuando me quedé ciego sin ti.

miércoles, 28 de enero de 2009

Las cosas que nos nombran (V)


Primavera primera
En la estantería mis primeras piezas. Mis primeras novelas en las que, en el espacio en blanco entre línea y línea, aprendí a modelar la arquitectura del dolor; en las que desollé la infancia en las largas noches de invierno; en las que dibujé con saliva mis dedos de papel; en las que heredé para siempre la tinta con que está hecho el cielo nocturno; en las que se me condenó a esperar el largo tren del olvido por venir; en las que la lencería futura de tus senos aún no era hoja de morera del árbol todavía no plantado.
Mi primer vaso del primer escarceo infantil fuera de mi barrio. Mi primer lapicero amarillo en el que enterré con la parafina de los lápices el primer gran amor adolescente. Mi primera copa donde, ya licenciado, bebí el día que abandoné la casa paterna en un viaje sin vuelta hacia la remembranza. Y la copa medio llena de mi quincuagésimo cumpleaños en la que bebo ahora las palabras que me nombran y te llaman.
Aun así, pongo flores cada día como si siempre fuera la primavera primera.