martes, 17 de febrero de 2009

Las cosas que nos nombran (VIII)


Las hojas
Los pensamientos a veces se suspenden en el cielo de la boca como las hojas muertas barridas por el viento. Las hojas secas son la expresión de las cosas que los silencios, los espacios intrasitados de la voz o los aledaños innombrados de las palabras, en su muda metamorfosis, solicitan una palabra, un hábita, un auxilio, una comunión entre lo humano y el misterio de la existencia.
Otras veces, se pudren bajo los bancos de los parques como los sentimientos humanos en una mañana temprana y fría de invierno. O se ahondan en los alcorques de los árboles como se abisman los deseos mutilados del amor.
Las hojas, en su transformación vegetal, nos recuerdan que no somos los mismos de ayer. Y que mañana por la mañana, cuando nos levantemos otra vez aún, esas mismas hojas no serán ya las mismas porque entonces miraremos en el árbol otras genealogías de nuestro pasado, otras generaciones de nuestro futuro y olvidaremos los nombres que amamos y nos amaron. Basta con mirarte a la cara en el espejo para saber que las hojas de los árboles son de idéntica naturaleza que los calendarios, que la mirada prófuga de la niñez persiguiendo una cometa; o la paz o la voz que no supimos conquistar o decir en el momento preciso. Ya no son las hojas de ayer ni la mirada es nuestra la misma porque la primavera nos helará una vez más la garganta. No recordaremos las manos, los labios, la cintura de la noche tal vez...tal vez... Hojas somos, más hoja enamorada.