lunes, 16 de marzo de 2009

Las cosas que nos nombran (XI)




La cometa

¿Quién no en la misma frontera de la infancia a la niñez (indelebre línea) voló una cometa? Entonces jugabas con los demás niños en el parque o terminaban los últimos juegos en el barrio: al burro, a bote, a la taba, a hacer equipos de fútbol con chapas y papeles pintados con los nombres de nuestros equipos favoritos. Y un día, te regalan una bella cometa romboidal de colores y coleta larga. Aquella mañana, te vas por primera vez del barrio hacia un descampado, solo; o hacia la arena de un mar invernal aun intransitado. Y también por primera vez alzas la vista hacia el cielo y no sabes bien si lo que se cierne en el aire es un polígono de papel sustentado por el aire o es tu propia alma de niño que se te escapó en un repentino golpe de viento. Es entonces cuando te das cuenta que algo de ti has dejado irremediablemente atrás, que has mudado la crisálida sin más, inaugurando así la soledad del paseante y un camino sin retorno hacia el ayer. Ya nada será igual desde la conciencia. Tampoco las aves saben ni pueden volar hacia atrás o trazar las alas en el espacio exacto.