
La planchadora
Soy un hombre muy ocupado. Por si fuera poco desorganizado. Llego a casa: el desayuno por recoger en la cocina; en el cuarto de baño el cesto rebosando y ropa derramada por el suelo tras la ducha de cada mañana; la cama por hacer; y en la otra habitación la ropa limpia encima de la cama a la espera de alisar las arrugas del cansancio y los pliegues del pasado.
Me doy prisas por meter la ropa sucia en la bolsa y me llego a la tienda de planchado en la esquina de mi calle.
-Buenos días.
-Buenos días, me quedé mirando a sus ojos.
-¿Para planchar? me espeta ella.
-Sí, digo un poco triste y aconcojado por la soledad de mi casa vacía.
-¿Qué trae para planchar? me esboza una sonrisa.
-Mi vida.
Sin decir nada, ella me cuca un ojo y le prometo volver.
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