
La pared y el techo del cuarto
¿Diré cuarto? ¿diré habitación? ¿diré dormitorio? ¿ diré estancia? ¿o diré el hogar primero de la secreta y abundante niñez? Paredes donde se cernían nubes de todas las clases: cúmulos de sueños; cirros desde los cerros de mi infancia corriendo con una bicicleta mirándolas como cometas elevadas en el confín; lenticulares que me encaminaron de mis llanuras incansables hacia las montañas elevadas por ver qué o quién se escondía en sus cimas.
A veces entre las estanterías se escondía algún ave, algún libro que me advocó a la lectura en las sobremesas, en los escondidos balcones nocturnos de la nostalgia ya temprana. Algún muñeco, trabajo manual de la escuela primaria, algún juguete de reyes desorientado mirándome ciego.
Las paredes que fueron de papel, luego encaladas sobre el papel, más tarde desollada el papel lo suplantó una pintura azulada clara que me traía la bóveda celeste incluso en las noches de miedo.
Y es que también las paredes y los techos cumplen años. En las paredes de mi habitación yo fui cambiando de piel, de altitud, de química, de física. En el techo, germinó en mí el anacoreta loco de la mochila, el nómada buscador de los pilares del arco iris y también de las palabras.
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