
El guitarrista. Luis Landero. Editorial Tusquets (págs. 85-86)
Luego un día, una tardede primavera, yo estaba con fiebre y ella por primera vez reparó en mí. Se sentóami lado en el sofá y me interrogó a fondo sobre los pormenores de mi mal. Por conmiseración conmigo mismo, por solidaridad, por cortesía, yo los exageré hasta donde pude. Entonces ella, en reciprocidad, se puso a contarme sus últimos trastornos. No tenía ningún órgano lo que se dice sano, cuando no le dolía el corazón le palpitaba el hígado, o se le ponía una pesadumbre en el estómago, o de pronto se tragaba un suspiro que no había modo de expulsar y que durante días andaba por todo el cuerpo como loco buscando una salida, o una mañana amanecía con la sangre floja y desazonada y se le quitaban de golpe las ganas de vivir y ya sólo quería acostarse y abandonarse a la anchura del tiempo, a la negra aventura de los siglos, y corría las cortinas y tapaba bien todas las rendijas para no ver la luz, como si ya estuviese instalda en la tumba a perpetuidad, y no sé cómo ni en qué momento pero de pronto me vi abrazado a ella, los dos medios llorando y yo un poco asfixiado por el abrazo y el catarro, mezclando las lágrimas y los suspiros, igualados en edad y en condición por la fragilidad de nuestros cuerpos y la tristeza de nuestros destinos.
Desde entonces ella dio por hecho que yo era un muchaco enfermizo, y yo acepté el papel, y me inventaba acahques y congojas, porque a aquella mujer sólo se la podía seducir así, a través de la desgracia y el dolor. Un día me llevó a conocer su tumba. Con cuánta inútil compasión amanecía en los cementerios. El sol encendía las acacias, que ya empezaban a granar, cantaban los pájaros, vibraban los insectos, y sobre los rostros pálidos de los muertos las nubes seguían su curso, y aquel ir y quedarse era la esencia de la vida. Dejó en la lápida el ramo de flores que llevaba para sí misma y luego se abrazó a mí y muy tristemente me acarició la cara, y con sus manos me peinó el pelo revuelto por el viento. "Prométeme que me traerás flores, Emilito". Se lo prometí, y ella volvió a abrazarme y me dijo al oído: "¡Ay, qué pena de vida!¡Qué pena de nosotros!".
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