sábado, 6 de junio de 2009

Musine



Hotel California (Eagles)

Es inevitable pensar que uno va con la radio encendida por una larga carretera desértica. Como es inevitable que solo podría manar de las ondas radiofóncias la música de este Hotel como bálsamo, antídoto o quién sabe, tal vez, como una seductora estrategia de la música, como una tramposa vía de escape de una espiga enguñida por la boca sedienta. Y cierto, que hace calor y la arena abrasadora a ambos lados de las ventanillas del coche sirven de espejo a un cielo azul intenso que vaya descomponiendo sus filamentos de colores hacia el azul añil, luego hacia el rojo, el rosa, el violeta y finalmente hacia la fotogenia de un blanco anaranjado que difumina el horizonte en un laberinto sin paredes ni pasadizos.

Suena ininterrumpidamente la canción en el dial, y cuando acaba una vez más la guitarra te recuerda haber llegado al hotel, un pequeño oasis falso de hierba agostada, repleto de seres que crees conocer de otros tiempos, de otros lugares pero que no identificas. Cuando llamas al timbre de la recepción alguien te atiende como si fuera un espectro y en él reconoces el cansancio del viaje que te ha traído hasta aquí. No te importa mientras desaliñado, hambriento y exangüe buscas el reposo de una sábana limpia y fría para despojarte del sopor caluroso del ambiente hotelero y del sudor adosado entre tu camisa acartonada y tu piel resecada. Tumbado en la cama oyes rumores de salones procedentes desde toda la estructura de hormigón y madera que derivaran hacia tu habitación los silencios de las palabras y también el murmullo confuso que tú traduces a discursos sencillos que despejan todas tus dudas. Y mientras la música, la imagen y la guitarra final van cerrándo tus párpados no sabes si mañanas despertarás del sueño y conseguirás huir o seguirá la pesadilla de ser tú mismo un inquilino más de esa turba en otro espacio , sin escapatoria posible porque por mucho que huyas siempre llegarás al Hotel.

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