sábado, 18 de julio de 2009

Las cosas que nos nombran



Aquellos veranos, aquellas siestas, aquel cuarto.

Mis veranos de pequeño eran largos, lentos, misteriosos. Cuando viajaba a aquel pueblo, aun estando cerca de donde vivía con mis padres, las distancias eran enormes y el tiempo eterno tal vez porque no pensaba nunca en mañana. El futuro nunca existía. Viajábamos en seat 1500 de color amarillo limón desdibujado por el sol. El taxista era el único taxi del pueblo. En la baca del coche bien atadas viajaban maletas y un bulto redondeado de mantas donde mi abuela guardaba pequeños aparatos de cocina como el rayador de pan, la trituradora, espejos, cubos que a su vez iban relleno de otros objetos.
La casa era vieja, desvencijada, grande, con una enorme terraza donde mi abuela ponía un barreño con agua por la mañana para que pudieramos bañarnos por la tarde una vez recalentada por el sol de después de las doce. La casa tenia tres pisos con algunas habitaciones vacías candadas aunque siempre conseguía desencajar los tornillos atados al candado roñoso. El último piso era un desván con una cocina de leña y varias habitaciones sucias donde las golondrinas y aviones hacían sus nidos. Siempre tuve curiosidad por explorar esos lugares. Allí inventaba historias de sus antiguos moradores.
Mi cuarto era interior. Una cama incómoda de colchón rellenado de lana. La armadura de la cama de hierro y el interruptor colgaba de un cable repintado colgado en los barrotes de la cama y era una pera que al pulsar el botón encendías o apagabas la luz. La cómoda un viejo cajón apolillado donde seguramente dejé reposar mi primer libro. El suelo era de losas enladrilladas desgatadas, a veces ni se alineaban unas con otras, o estaban partidas y al pisarlas se movían.
Allí fueron mis siestas siempre frescas resguardándome de la canícula. Allí mis noches en la época de mi vida que más soñaba y según en mi diario a veces apuntaba hasta cuatro y cinco sueños en la misma noche. Allí queda el cuarto que me forjó. Cuando paso, de muy tarde en tarde, por esa casa cerrada ya a cal y canto a punto de sufrir un desplome en un momento determinado, pienso que todos somos como esos viejos cuartos donde empezamos a descifrar el entorno, a escudriñar en nuestro ser. También aprendimos a pronunciar palabras que solo los fantasmas y los ausentes conocen.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Impecable.
Brillante.
A través de tus palabras, querido escritor, he dormido en tu desvencijada cama, he pisado las mismas partidas losas, y he vuelto a soñar que soñaba...
Gracias por hacer caminos con tus palabras... Así da gusto recorrer cada nueva senda, cada vieja casa...
Beso.