
El tren del Machu Picchu
Cuando a tempranas horas de la mañana nos encontramos en la estación rodeados de turistas, equipajes y guías, tal vez con un ligero dolor de cabeza provocado por el "soroche" (mal de alturas causado por los 3.360 metros de altura), sólo debemos pensar en el viaje que nos espera, no sólo en un tren sobre una angosta trocha, sino en las sensaciones que surgirán cuando el tren se deslice sobre el borde del abismo, con las aguas del río Urubamba discurriendo tanto más abajo.
Fuera, el paisaje comienza a cambiar. Estamos ingresando al impresionante Cañón del Urubamba. Las vías del tren, paralelas al río, corren por un cada vez más angosto espacio de paredes escarpadas, casi verticales, que culminan en picachos de perfiles imposibles. Del otro lado, en cada curva, sentirá que nada hay bajo sus pies. Sólo el vértigo de sentirse en el aire. Increíble sensación que recordará por siempre. El viaje según va pasando el tiempo, nos vamos aproximando al mítico kilómetro 88, punto de partida para el famoso Camino Inca. Vemos bajarse a numerosos caminantes, con sus mochilas, cantimploras y tiendas de campaña a cuestas, mentalizados para pasarse varios días caminando a través de espesos bosques, pasos de hasta 4,200 m.s.n.m., puentes con siglos de antigüedad y precipicios que cortan la respiración; pero también noches bajo las estrellas, acampados cerca de alguna de las muchas ruinas incas que jalonan el camino. Cuarenta kilómetros de caminata que culminan en la entrada a la Ciudadela de Machu Picchu por el Inti-Punku o Puerta del Sol, lugar donde primero aparece el astro rey y lugar desde el que obtendrán su primera vista del Santuario.
Llegamos a la estación de Aguas Calientes. Un reducido espacio a ambos lados de la vía copado por puestos de fruta y souvenirs. y, ya por fin, Puente Ruinas, una aún más reducida estación, encajada literalmente entre empinadas laderas.Aún hay que tomar un curioso microbús que, no sin problemas, realizará un inimaginable "slalon" de cuatrocientos metros verticales, 8 km. de camino cuesta arriba, hasta encontrarnos la Ciudadela emergiendo plácidamente entre las nubes.
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