lunes, 28 de diciembre de 2009

FUENCISLA BALMASEDA (XXIII)



Lucilla (mi querdida Lucía)

Tan solo es una foto realizada con mi cámara en casa de Lucía. Fue al final del verano en una de esas tardes que nos invitó a pasta italiana. El otoño acariciaba los árboles mientras una brisa que auguraba el cambio del tiempo hacía que las hojas parecieran bailarinas ingrávidas en el aire.
Cuando vi el retrato (aún no le pregunté si lo pintó ella o su exmarido) sabía que algo extraordinario escondía en su interior. Hay personas que rozan tu vida y la ponen patas arriba casi sin el menor acto voluntario de hacerlo. A veces es por una mueca, un rictus en los labios, un guiño del ojo o una mirada bondadosa que enlaza tus palabras con piedras pesadas y las hunde al mismo centro de tu corazón. Otras veces es el silencio, su forma de coger la taza de té, o tal vez sea que es una mujer culta que lee y que pinta y eso significa que puede dialogar con las estrellas y el microscópico mundo de las cosas. Pienso en ocasiones que la vida es como un gran bosque que a la vez que es talado o arrasado por el fuego, tiene en sí el secreto de procrear otros árboles nuevos que sustituyen a sus antepasados. Lucía, me está enseñando que en nuestro pasado las personas que habitaron en nosotros existieron pero ya no están...y sólo es posible vivir, sobrevivir, con una nueva savia (la de los bosques pero también la que nosotros llevamos en la sangre o bajo la lengua donde reposan las palabras)...Luzilla, mi querida Lúcía.

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