sábado, 26 de diciembre de 2009

La vida de Eugenio Zaldívar (XXIII)




Ciudades viejas, ciudades nuevas.

Es posible que todos tengamos en nuestra cabeza, de memoria, los planos, calles y rincones de la ciudad en que nacimos y vimos cambiar su finomía lentamente después de mucho tiempo permaneciendo en ella. Tal vez nos cansamos de la permanente presencia de las fachadas, los mismos comercios, iguales plazas donde jugamos o nos sentamos aburridos o dimos el primer beso. ¿Quién no ha visto envejecer o morir a esos seres que pueblan, cohabitan y se cruzan a diario contigo: en la cafetería, en una boda, en el autobús, en el semáforo, en un entierro?
En la carrera de filología nos enseñaron a descubrir el origen, la evolución o las diversas acepciones de las palabras pero de alguna manera, no conforme me licencié figuradamente (a base de andar y desandar y perderme miles de veces por la ciudad) como arquitecto de mi propia ciudad hasta que ¡Dios! me cansé de ella y me largué; no sé si como huída de mí mismo o por no querer comprobar el paso del tiempo de los demás reflejado en mí.
Ahora paseo y reconstruyo nuevas versiones de ciudades y reflexiones paseando por otras como si fuera cada día un nuevo arquitecto o inventando nuevas estancias con palabras que albergan un calor un poco ajeno y una dulce lejanía como la de un filólogo recién licenciado en una universidad extraña. Justamente en estas escaleras, me vino a la memoria que este lugar (ciudad costera o de interior, peninsular o europea, ciudad de acogida o de exilio) podía ser cualquier sitio del mundo donde yo estuviera ahora.

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