
Desván
¿Qué no has sentido cada vez que subes a un desván, a tu desván o a otro cualquiera? Los suelos de madera carcomida, la cocina de leña ennegrecida, ese somier oxidado y dormido para siempre, escobas de ramas que barrieron el zaguán de la casa, mesa en donde escribimos cartas de amor adolescentes o los deberes de septiembre, las telarañas en las esquinas suspendidas con sus arañas eternas cegadas de siglos, las cajas de mudanzas que albergaron sueños y nuevas vidas, cacharritos de porcelanas o latón que ungieron tu cuerpo, la piedra enmohecida, las ventanas por donde miraste aquella escena memorial, el cigarro a escondidas, tu deseo inflamado, los cuadros de antepasados en blanco y negro, el bote de pintura reseca que para siempre se quedo almacenada como se quedan almacenadas todas las cosas en el desván cuando huímos. Si buscas el tiempo caducado ahí lo tienes, en su letargo perpetuo, a la espera de que de nuevo subas al desvan.
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