París no se acaba nunca. Enrique Vila-Matas
Estando en Key West, ya descalificado y expulsado del concurso de dobles de Hemingway, me dio por pensar, con ciertan intensidad, en Marguerite Duras y sobre todo en la tarde en la casa de Neauphle-Cháteau en la que, al contarme la pálida pero intensa trama de su novela La tarde de M. Andesmas, ella misma se convirtió en ese libro. Si es verdad que nos convertimos en las historias que contamos sobre nosotros mismos, eso exactamente es lo que le ocurrió a Marguerite aquella tarde, ella se convirtió en esa historia que transcurre en una plataforma a media colina desde la que, anciano e inmóvil, M. Andesmas, alcanzando sólo a ver el borde de un abismo lleno de luz que atraviesan los pájaros y reposando en un sillón de mimbre, espera a Michel Arc. Es la historia de una espera, de la espera de la muerte, tal vez. Hace calor. Del abismo cuyo fondo M. Andesmas no puede ver, sube la música de un pick-up. Es la canción del verano: "Cuando las lilas florezcan, amor mío/, cuando las lilas florezcan para siempre." El pick-up suena en la plaza del pueblo. Están bailando. Pasa un perro anaranjado que se pierde en el bosque. Michel Arc se hace esperar, tarda y tarda, tarda mucho. Y M. Andesmas se duerme y avanza hacia él la sombra de un haya cercana. Llega un soplo de viento. El haya se estremece...
París no se acaba nunca. Enrique Vilas-Mata. Ed.Anagrama. 2003, Pág. 25.

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