El informe de Brodek. Philippe Claudel
...Siempre me ha costado un poco hablar y expresar lo que bulle en mi cerebro. Prefiero escribir. Escribiendo, tengo la sensación de que las palabras se vuelven dóciles, de que vienen a comer de mi mano como pajarillos y hago con ellas casi lo que quiero, mietras que cuando intento juntarlas en el aire se me escapan. Y la guerra no arregló las cosas. Me volvió aún más callado. Mientras estuve prisionero en el campo comprendí cómo se podían utilizar las palabras y lo que podía pedírseles. Además, antes ´leía libros, sobre todo de poesía. Fue el profesro Nöel quien me contagió esa afición en la época en que estudiaba en la capital, y la conservé como un tic agradable. Cuando salía a hacer uno de mis recorridos, nunca olvidaba llevar en el bolsillo un libro, y a menudo, mientras alrededor se alzaba el gran espectáculo de las montañas, la muralla de los bosques y el damero de los prados, mientras, encima de todas las cosas, el cielo parecía vigilar y contentarse con su infinito estiramiento, yo iba leyendo versos en voz alta, releyéndolos cuando sentía que me provocaban una especie de agradable bordoneo, como un eco de cosas confusas que llevaba en lo más profundo pero no conseguía expresar.
Cuando volví al campo, metí todos los libros de poesía en la estufa y los quemé. Vi las llamas retorciéndo las palabras, las frases, las páginas. El humo que ascendía de los poemas al areder no era mejor ni más noble, ni más bonito que cualquier otro. No tenía nada de particular...
Ed. Salamandra. Páginas 36-37

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