miércoles, 23 de junio de 2010

Casas y rincones que habito (11)



La casa de las montañas

¡Qué pena que las estrellas se apaguen, que el cuerpo olvide el vigor de la juventud, que el tiempo lime la fuerza del alma y que el corazón haga una coraza del pasado! ¡Qué pena la casa cerrada y la hierba cubriéndola lenta pero irremisiblemente. ¿Recuerdas? Era nuestro nido de amor desde cuya ventana mirábamos las cumbres blancas y un praderío lleno de vacas. El sonido de las campanas del rebaño y del campanario del pueblo eran los sonidos de nuestro corazón. Entonces...mañana no existía. Tu mano era mi camino, tu corazón mi destino y mis labios era un arca vaciada de besos que amaban tanto a tu cuerpo de pastora, que nunca se alejaría de estas montañas, como la pureza del paisaje hermoso que veíamos desde la ventana después de hacer el amor.

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