
La casa de las montañas
¡Qué pena que las estrellas se apaguen, que el cuerpo olvide el vigor de la juventud, que el tiempo lime la fuerza del alma y que el corazón haga una coraza del pasado! ¡Qué pena la casa cerrada y la hierba cubriéndola lenta pero irremisiblemente. ¿Recuerdas? Era nuestro nido de amor desde cuya ventana mirábamos las cumbres blancas y un praderío lleno de vacas. El sonido de las campanas del rebaño y del campanario del pueblo eran los sonidos de nuestro corazón. Entonces...mañana no existía. Tu mano era mi camino, tu corazón mi destino y mis labios era un arca vaciada de besos que amaban tanto a tu cuerpo de pastora, que nunca se alejaría de estas montañas, como la pureza del paisaje hermoso que veíamos desde la ventana después de hacer el amor.
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