
Aquí me tienes de nuevo...Cogí unas cuantas cosas y me fui del lugar una temporada donde nadie debería quedarse para siempre. La misión de mi viaje no fue para huir sino para reencontrar las pequeñas cosas que el sedentarismo te impide ver. Tomé nota en cada uno de los sitios, hice memoria de la memoria, me adentré en los colores y en los matices de otras latitudes, miré a los ojos de nuestros contemporáneos y también, por qué no decirlo, en esa búsqueda sé que pierdo la batalla de la vida. Estoy terminando un poemario sobre este periplo que pronto verás en las librerías.
Lo primero que hice esta mañana fue ir a pasear junto al mar. Y he de decir que nada ha cambiado. Volví a ver los tres ciegos que solían ver cada mañana antes de mi partida. Pasan por el muro de San Lorenzo asidos del brazo. A su derecha el rumor de un mar justiciero-pienso- a la izquierda del grupo, la línea de edificios llenos de colonizadores más ciegos aún- afirmo.
Y deduzco que sobrevir no es admirar la belleza, ni el Arte, ni el amor, ni siquiera cohabitar con seres de una especie que se mueven sórdidos y desordenados por el asfalto y sacian sus mañanas en cafeterías.
Ciega es la luz, como las sombras vivimos inertes un breve instante entre el sol y la luna mientras la maquinaria del reloj del mercado de abasto narra con sus campanadas las doce del mediodía.
Ciega está la mañana en la luz aparente de los seres con ojos como cuando antes de partir.
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