jueves, 9 de septiembre de 2010

La vida de Eugenio Zaldívar (XXVI)



¡ Cuántas cosas y cuántas vidas se pueden experimentar en un paseo consciente! Si caminas, si te detienes, si observas, comprobarás que hay un motor que vibra fuera de tu corazón.
Hoy miro al hombre que pinta junto a los jardines del naútico. El hombre que a menudo pinta junto a la escalerona. Su tez oscura, sus ojos de capitán sin barco, sus cejas encanecidas, su frente nómada que conoce el paso de los inviernos y los temporales por los muelles de otros continentes. Nada espera , nada dice en sus trazos caricaturescos. Los paseantes que se sientan en la banqueta que se miran en el cuadro y no se conocen.
¿A dónde fueron los amantes de antaño? Me pregunto. ¿A dónde los sitios que fueron suyos? Y ¿Por qué cambió las tazas de te compartida cada mañana temprano por el aguardiente de artista errante?
¿Por qué los viandantes posan ante él? ¿No tienen miedo a reconocer sus ausencias en el cuadro? ¿Por qué el pintor viaja sin hablar a nadie imbuído en su lucha de pincel? Tal vez necesita encontrar un rasgo cierto de sí mismo en los demás.
La marea ha subido hasta el muro. La tarde cae por detrás de Cimadevilla. Yo cierro mi cuaderno de palabras doloridas y apago la noche y también mi sed con un bourbon en el jazz cafe.

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