miércoles, 12 de enero de 2011

La vida de Eugenio (XXVII)













La noche
Soy el viejo profesor. He estado fuera  algún tiempo. Lejos. He revisado mis antiguos escritos, los papeles que dejé sobre el escritorio aquella mañana de otoño. Niebla en mis ojos, niebla sobre los círculos concéntricos de la luz de la farolas en las ramas desnudas. Entonces, mis pasos rápidos me llevaron a la estación de tren cuyo largo gusano de metal me llevaría lejos, no sé dónde, pero lejos. 
Ayer regresé de madrugada y antes de reposar mi cansada alma, escribí esto:


CONFESIONES
 También la noche debe quedarse en un cofre a veces. Un cofre hecho de arículas y de sangre. Una aorta grande que vaya desde el corazón hasta esta pluma que, desde hace mucho, me escribe san­gre. Noche de estalagmita y estalactita en una gruta que espera ser hollada por un tímido rayo. Esta gruta no sabe qué es la vida. ¿No hay un resquicio para la vida? ¿ No es lo mismo esta gruta y una noche sin nada más?
Cada vez me cuesta más oir, ver, palpar y saber.
Cada vez me cuesta más sentir. También los cirios se apagan en la ermita en la aldea más pequeña y oscura.
Hace tanto que no siento la vida, perdón la noche, perdón unos de­dos. ¿Nunca una caricia?
Me duele confesar que confieso.
También se confesaban asi mis antepasados, esperando amanece­res y ocasos. La noche siempre acaba con el sueño de los hom­bres. Una gruta oscura se hace grande como un volcán que expele ansiedad.
Aquí yace sobre el papel un hombre enterrado en vida.

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