INTERMITENTES HOMBRES Amé, fui rechazado y desaparecí.
Me abandonó una mujer que, conforme se despedía, borraba mi cuerpo.
Su ausencia me volvió invisible.
Acudí al trabajo, donde hice las tareas de costumbre, pero nadie pudo notar mi presencia;
entré sin ser visto en los lugares concurridos de siempre.
Ningún familiar o conocido sufriría por perderme,
porque también mi pasado se evaporó en sus recuerdos.
Encontraron mi imagen en los álbumes
y sólo distinguieron un fondo de vegetación indefinida.
Los amigos se acercaron a mí como si atendieran a un bloque de aire.
Mi sufrimiento se apretó en una ráfaga con que tocaba
a quienes me habían acompañado antes del eclipse.
La soledad era pasar por debajo de aquellas ropas.
Años más tarde, quise a otra mujer.
Ella retuvo el soplo del que surgieron dos brazos y piernas, unos labios pegados a los suyos. Saqué mis zapatos escondidos detrás de los arbustos, y regresé despac
io a las fotografías.
Y, cordiales, todos nos miramos envejecidos con naturalidad.
Francisco Javier Irazoki
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