sábado, 6 de agosto de 2011

Poesía




















A las siete y dos de la mañana se apagan las luces de la ciudad 

y por un momento las sombras no se ajustan 
y hay una incertidumbre entre las farolas 
que todavía guardan el calor de la bombilla 
que las calentó durante la noche.
 Las calles y los bares cercanos a la estación de tren y a la de autobuses 
están llenos de jóvenes que vuelven de la marcha.
 Hay parejas que se besan en medio de las aceras, 
grupos sentados bajo las marquesinas de los cafés,
 parejas que caminan cogidos fuertemente, 
jóvenes vacilantes que salen de los clubes, 
alguien sentado en una acera esperando no sabe muy bien a quién,
 un grupo de jóvenes descalzas llevando los zapatos de tacón alto en la mano, 
dos chiquillas abrazan a un joven, 
una pareja se besa con fuerza, 
alguien se mira en un espejo y no se reconoce.
 Varios grupos caminan hacia el mar, a la playa de Poniente 
a amarse en la arena, 
otros van hacia la estación a que salga el primer tren de la mañana 
que les llevará a la realidad de su mundo cotidiano, a su pueblo, a su casa. 
Algunos volverán igual que salieron, 
otros se encontrarán con los bolsillos vacíos y un frío hondo,
 otros habrán descubierto la herida del amor, 
la mayoría se dormirá durante el trayecto y al despertar 
sentirá un amargo sabor de boca y un dolor de cabeza. 
Pero son jóvenes, la noche ha sido suya, 
la han conquistado, han vivido cada minuto de ella 
y eso les hace inmortales, o eso creen.
 Una brisa suave pasa entre estos cuerpos llenos de vida,
 perfumados de humos, de alcohol, de deseo. 
Alguien pasa junto a esos cuerpos tumbados en la arena de la playa,
 tocados de una luz incierta,
 rodeados por los chillidos de las perseverantes gaviotas, 
con el mar respirando también incansable 
y siente una honda melancolía: él también fue joven, 
también esperó el nuevo día en una playa y ahora es un viejo que pasa, 
como una sombra, sin que nadie lo vea.




Es un fragmento de libro de Hilario Barrero Brooklyn blanco y negro (Diario 2008-2009), Mieres, Universos, 2011.


1 comentario:

Amelia dijo...

También hay matices en las melancolía, en la tristeza, en la soledad de quien piensa que nadie le ve.
Pero es la soledad de cada uno y hasta las soledades son dispares.
Un beso lleno de soledad.