jueves, 12 de febrero de 2009

FUENCISLA BALMASEDA (XV)



Un paseo por el campo

Si decidimos ir al campo en vez de pasear por la orilla del mar, fue porque Luzia quería encontrar un lugar ideal para pintar. Montamos en el coche y treinta minutos más tarde nos encontrábamos en un lugar maravilloso por los colores de algunos árboles que ya empezaban a brotar. Podía ser cualquier parte del mundo soñado por un alma sensible. Los suaves promontorios de monte circundaban nuestra vista y ponían cerco al olor del mar. Más bien olía a fresca hierba, a flor de mimosa recién nacida,a estación primaveral anticipada y también a los sueños y a los recuerdos que se arremolinaban en el fondo de mi alma. Aún el pasado me oprimía por momentos como ráfagas de un viento que siempre nos rodea como aura invisible y estremecedor. Había abandonado mis recuerdos igual que Luzia pero ella los portaba con aire oxigenado, renovador. Sentía una distancia enorme e inalcanzable hasta el corazón sosegado de Luzia. Algún roedor clavaba sus dientecillos en los pliegues de mi alma, y sentía sus dentelladas.
Recogimos algunas ramas de mimosas que luego deposité en la cesta de mimbre de la cocina. Las niñas se divirtieron mucho con las cosas que le contaba Luzia acerca de la Naturaleza. Estaban encantadas y guapísimas con las diademas de mimosa que Luzia les hizo. Volvimos al atardecer. Y por la noche las flores aún olían a Luzia.