
Los zapatos
La primeras gasas que lavaron mi cuerpo, mis pies, de los ríos profundos de mi madre. La primera mantita que cubrió mi cuerpo diminuto, incluídos mis piecitos arropados para el frío y la luz nueva. Los patucos de ganchillos de la abuela. Las alpargatas de casas siempre por los suelos o bajo la camilla o entre los ejércitos de muñecos mientras yo me revolcaba por el suelo. Los zapatitos de charol y el pantaloncito corto y camisita conjuntado. Los zapatitos de lengueta abetunados a juego con el traje de marinero de la primera comunión. Las botas katiuskas con los que navegué y naufragué por todos los charcos de mi infancia. Las zapatillas de deporte con las que bajé el tiempo requerido para aprobar la asignatura en junio. Las botas de fútbol con las que marqué goles a los equipos rivales de otros barrios. Las botas de montaña o las otras con las que recorrí montes en busca de pájaros o setas o espárragos o cimas. ¡Cuántos pares de zapatos me han habitado! Todos ellos presenciaron los actos cotidianos o inverosímiles, mágicos o familiares, urbanos o íntimos; y todos ellos vieron transformar las etapas de mi vida, vieron subir número a número el tamaño de los pies y vieron crecer y mudar cuántas veces las uñas. ¿A dónde habrán ido a parar tantas huellas, tantas pisadas, tantos rastros, tantas suelas, tantas lejanías y viajes? ¿Cuántos sueños perseguí montado en ellos? ¿Cuántos se cumplieron? ¿Cuántos zapatos me quedan por estrenar? ¿Cuántos parques, paisajes nuevos? ¿A dónde me llevarán a partir de ahora? ¿Será un dato esencial alguna vez que aparezca, en las biografías, el número de botas utilizadas del finado?