
Concierto para violín en E menor Op. 64 de Felix Mendelssohn
Para irse con la conciencia tranquila despacio de este mundo, navegando en la barca, a través de un mar helado, la luna reflejando toda mi vida desde mi nacimiento en el océano limpio, ingenuo, infantil. Los icebers, labios de hielo que me cuentan toda la verdad sobre el amor y la vida. La música no miente, ni mienten las aguas tranquilas de esta última travesía. Supongo que así será el final. Me llevan. Me llaman como me llamaban cada noche al apagar el interruptor de la luz de la lamparilla con el libro cayéndose de entre mis manos. Pero no me daba cuenta. Entonces navegaba por sueños apacibles y confusos. Ahora este viaje es un periplo sin retorno. Me llaman, me llevan. Me llevan, navego por un mar, cerca ya de la puerta aledaña a la frontera. Siento el agua, una extraña tempestad en calma. Mojado, iluminado, asombrado, sosegado, fulminantemente terrenal.
Envuelto en aguas. No es el primer líquido amniótico, no es el parto, no es mi alumbramiento. Es el final, el telón bajando, la luna triste señalando el camino de regreso donde me encontraré con los seres que fueron y otros que me partieron el alma. El violín mece mi última nota o compás terrestres, sé que me voy, que me apago y, al paso por los dos bloques de hielo, corto el último hilo del apego. Y en ese otro límite, línea ininteligible, no leo ya las palabras, ni oigo la voz. Navego, navego...ya... le veo..., te veo, fui...es...soy.