
La lluvia o el lenguaje de los paraguas
La lluvia tibia o incesante sobre la ciudad obra el milagro de la comunicación con el prójimo, es como el que tiene un perrito sobre todo si es simpático y pequeño o grande, lanudo y bien peinado o ancho, gordote y algo baboso. Quien tiene un perro tiene un ligue potencial o al menos una conquista. Con el asfalto mojado, con las gotas precipitándose de los aleros de los edificios, con los coches pisando con sus ruedas los charcos, el lenguaje silencioso, mojado de los paraguas abiertos despliega todo un mecanismo de gestos y guiños. Si tu paraguas abierto roza el de una dama a la que sobrepasas le dices: "perdón", y ella te contesta "no, nada". Pero tú sabes muy bien que sobran las palabras y que sobre todo te has quedado a residir en la sonrisa de sus labios o en el fulgor de sus ojos. A veces, ves otra muchacha, muy arreglada, ya hueles su perfume en las pituitarias, ella subida en esos botines negros adelgazados en exceso por la punta se aproxima, viene hacia ti y justo a un palmo, chocas despistado tu paraguas con el suyo y quedan enganchados. En ese aparejamiento bíblico, en esa lucha antidiluviana te quedas a vivir en la desabotonadura de su camisa blanca y en el risco de sus pechos avistados someramente y ocultos por un lazo fino a modo de corbata. Ella se aleja en dirección contraria, pero como continue este invierno lluvioso sabré a qué hora, en qué calle y con qué mujer querré toparme mañana o cualquier otro día.