viernes, 6 de marzo de 2009

La vida de Eugenio Zaldívar (16)



Niebla, niebla en la ciudad.

Niebla. Niebla. O lluvia incesante, débil, machaconamente constante en este invierno gris. El temporal oceánico salta el muro de contención y salpica a los ociosos y jubilados del paseo. La rachas de viento destrozan los paraguas y van a morir a las papeleras cercanas. Los alcorques de los árboles rebosan de agua un poco gélida por las granizadas dispersas. A veces una gota helada se descuelga de algún tejado o balcón y logra penetrar por el cuello y me acuerdo de las tumbonas y las sombrillas del verano en la playa. Ayer llovía también y certifico que la semana pasada y la anterior el sol debió estar moribundo o perezoso porque ni salió ni se puso. Cuando le pongo música a un día grís y soy capaz de distinguir las cortinas de agua que están a punto de llegar por el mar o por el oeste, sólo puedo oir un bolero. Toda la ciudad es un bolero, un íntimo bolero mientas las calles andan semidesiertas y nadie repara en ello. Nadie quiere bailar un bolero, el bolero de la lluvia, mientras yo ando mojando mis zapatos negros de aquí para allá como barcos a la deriva de la gran ciudad. En estos días es cuando más despacio voy a los sitios y cuando más lentos son mis movimientos, mis pasos, mis gestos y el modo en que las palabras salen de mi boca y es porque me quedo mirando las nubes en todas sus formas y tonalidades, sólo mojándome y porque un enorme bolero de invierno mece con sus brazos de agua a toda la ciudad y pone en los ojos de los viandantes una ceguera transitoria de niebla tras los traseros de las muchachas.