miércoles, 15 de abril de 2009

La columna de Eutimio Mercader (15)



Antiguos hábitos

Dejé de fumar antes de la crisis. Luego vino la crisis financiera y reduje los gastos drásticamente: dejé de comprar los langostinos que deleitaban mi estómago dos veces a la semana. A mediodía, antes profusa en cañas, reparaba más en la lectura lenta del periódico en las barras de los bares junto a mi única cerveza que sorbía duraderamente con especial delectación. La ropa la combino bien y aunque parece cada día voy con vestimentas distintas sólo es un trucaje en el estilo, un cuidado cambio del jersey y de la camisa que alterno cada dos días. Todo lo demás: calcetines, camiseta, calzoncillos se encuentran en el lado oculto y es harina de otro cantar. Nada que temer.

Más tarde la crisis inmobiliaria, bancaria, familiar y por fin, tal vez una gran crisis interior en cada uno de los individuos de este planeta porque más bien la debacle se ha transformado en una hecatombe o en un claro resquebrajamiento de los valores humanos, sociales y por eso en una gran decadencia del modo de vida capitalista y globalizado.
Cierto que ahora lleno mi estómago al día en vez de llenar el frigorífico de cosas que se pudren al frío invernal de los estantes. También los escarapates han dejado de seducirme o trato de no acercarme mucho a ellos huyendo de ellos porque, mirándo lo que está dentro del escaparate ya lo he adquirido con la razón...y luego lo dejo de nuevo tras el cristal y me marcho . Hace tiempo que no sé lo que es la oscuridad del territorio mítico del cine, ahora lo he reducido a unas pulgadas en el salón de mi casa. Y así muchas más cosas que han hecho de los antiguos hábitos de una fantasía más de nuestra mente.

No creo que pueda pedir aumento de sueldo ahora. En todo caso, a Dios gracias que pueda conservar el trabajo, y también mis manos, y mis piernas y mi dignidad.

Ahora ya estamos más cerca de aquéllos seres del tercer mundo de los que repudiamos; el continente presuntamente rico se mueve hacia el hemisferio sur y nos rodean todos aquéllos seres tullidos o tienen el carácter agriado para siempre. Y hasta en el confesionario estaremos recelosos de las beatas y los falsos.

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