
El espejo
Te miras en el espejo al asomo de los primeros granos de la pubertad o la primera pelusilla bajo tu nariz y de pronto, como por arte de predigistación, el espejo se avejenta treinta, cuarenta años. Los espejos, donde a menudo nos extrañamos y refutamos lo que somos, ahora te muestran las sombras y las penumbras de la espalda que nunca supimos ni pudimos atisbar. En los espejos se ahogan las palabras maledicientes, las escapadas del hogar y del lugar, las ausencias que rozaron tus manos un instante , y los seres que sintieron la impertinencia de tu presencia; y también están los demonios que te acechan azuzando los relojes mártires del tiempo . En los espejos se olvidan los cuerpos que amamos, los rostros que derramaron nuestras lágrimas, los besos que arrebatamos a quien no consideramos en nuestra ruta por la vida. Y en recuerdo de todo ello, o más bien para rememorar la penitencia de nuestra huella cotidiana, ahora llevamos pequeños espejos en los bolsos, o nos reflejan en los escaparates de las ciudades, o en los espejos de los coches donde creemos que huimos para despistar al gran espejo de la muerte.
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