domingo, 3 de mayo de 2009

Las cosas que nos nombran (XVI)



La ventana

La casa de la ventana donde veraneaba. Donde nació mi ardiente pasión por los olores a pueblo: el pino, el tomillo, el olor a mimbre, el aroma de las gentes del pueblo que nunca saldrían de allí y que nos llamaban los veraneantes y nos creíamos diferentes. Los colores magníficos del monte, los sonidos naturales del agua fresca en la fuente donde rellenaba el botijo. La dulce complacencia de creer que el mundo nos pertenecía y que siempre seríamos niños. La conciencia sin ser cosciente de ser un punto diminuto (extrarradio y ajenos al hostil medio de los mayores )en las noches de estrellas estivales y titilantes. Aquellas calles de casas encaladas y el trasiego de una vida lenta. Mis primeras incursiones al monte donde seres mágicos me visitaban y desde entonces me aparté un poco del conciábulo y reuniones humanos.
Aquella casa grande con algunas habitaciones candadas y el desván siempre oscuro que tanto me asustaba y el ático destarlado con sus repisas de frascos olvidados, habitados de fantasmas y seres imaginarios. Allí fue donde pensé por vez primera que era mortal, en la muerte de los demás.
Y la ventana que yo ocupaba con mi cuerpo de niño y donde me sentaba a lo largo, a ver pasar al agricultor con su burro, al churrero que voceaba su mercancía o donde pasaba las horas eternas del verano para descubrir las cosas cotidianas de la vida.
Hoy he vuelto a esa calle, a esa casa cerrada y medio derruída. Hoy he vuelto a estar junto a esa ventana ahora tapiada...y créanme me vi sentado allí, un poco triste, desconsolado, porque me vi, de nuevo, envuelto de soledad y persistía el agrio dolor de las primera derrotas en el amor mientras las estrellas seguían allí arriba, tan bellas, tan ajenas al trasunto de los hombres. No cambian tanto las cosas, sólo el modo de mirarlas.

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