
La silla
La silla de esparto o de mimbre. Los veranos eternos en la calle de un pueblecito. Noche sosegada, enjambre de estrellas en el cielo. Tras la cena, los vecinos de la calle sacaban sus sillas atechadas durante el día en el zaguán. Los niños jugábamos a correr hasta la farmacia, tan escasa era la distancia que entonces me parecía una larguísima carrera porque el tiempo y el espacio no existían. La señora Paulina, el tío Luis, el señor Faustino eran del pueblo y eran como una familia para nosotros los veraneantes de la calle Queipo de LLano por entonces. Las conversaciones se sucedían sobre cosas cotidianas. Éramos niños y ellos mayores, casi viejos, casi a las puertas de la línea de meta de la vida. Y nosotros todos un trecho de océano que navegar porque nos amparaba la inocente mirada de la luna. En aquellas sillas, sentados, acababa mis noches con los cuentos ¿o eran historias? que me contaba mi abuelo mientras yo me ovillaba a la espera de la venida de "lorencito" que era así como se llamaba al sueño. Y el sueño partía siempre de Madrid en dirección a aquella calle, a aquel lugar donde mi abuelo se sentaba en su silla de mimbre, y yo encima de sus piernas, y después la eternidad cruzó todos los océanos de la vida para que yo creciera de pronto en un santiamén. Todas aquellas sillas de la calle nocturna descansan cansadas de ser sillas porque también se hicieron viejas cuando nosotros algún día, mucho después, volvimos a esas calles a mirar con desesperada quietud los huecos que ya no ocupan las sillas ni tampoco nadie, ni siquiera las palabras y los cuentos que me contaba mi abuelo.
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