
Calas
Llueve despacio, casi detenidamente en el estanque de patos que dormitan a la deriva de la mañana . Ilustra la arboleda una neblina de noviembre que ha roto como por encanto las páginas del calendario. Se diría que la tierra hubiera claudicado de un estío que diluyera la conquistada rutina de los laboriosos días de trabajo y dormida mochila en la espalda de los colegiales.
Pero es mayo y huele intensamente a la flor del pitosboro que acota el paraíso verde del parque del duro asfalto de los ruidos y de los negocios ganados con el sudor de la frente.
Pero es mayo y las calas son las orejas de los sonidos primaverales de la hierba, fragores salinos de los hombres que sueñan con un dejarse olvidar tumbados junto al mar , de los paseos sin rumbo con mirada escrutadora y de los ociosos planteamientos del oficio de vivir.
Las calas se erigen hermosas como la esfinge de una mujer elegante y hermosa que hiciera memoria de los días pasados que sólo ya se soñaron, que ya se olvidaron. Se pavoniena las calas , seda de pasión procesional, que nos recuerdan que la primavera, indefectiblemente, es el embudo umbilical que nos unen a antiguas distancias de los seres queridos que ya no son.
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