martes, 9 de junio de 2009

La columna de Eutimio Mercader (19)



la tienda de la esquina de mi casa

Debo haber vivido mucho. Debo estar viviendo muchas vidas en mi vida y en la vida del barrio. Las estaciones fluyen por nuestras vidas cambiando los tonos de los parques como las tiendas cambian el aspecto de un barrio, de una calle o más propio sería decir de una esquina de la calle, de mi calle. Un local allí, primero fue un ultramarino en donde se amontonaban latas de conservas, papel higiénico el elefante, legumbres de todo tipo al peso, navajas, maquinillas de afeitar, jabón lagarto, cajas de cerillas... todo envuelto en papel de estraza en cucucho si eran cosas frágiles como huevos o un sellado del papel por los cuatro lados si era cosas menudas como puntas. El propietario se llamaba Vicente y vivía junto a su hermana Cristina en el piso de arriba. Vicente llevaba la bata más gastada, roída y desastrosa que nunca he visto. Tenía una naríz gorda como una berenjena. Cristina era muy, muy bajita y tenía una berruga con una mata de pelos saliendo de ella junto a la comisura de los labios.
Luego, años después, Cristina murió un verano y a renglón seguido el hermano como si vender cosas abajo en la tienda ya no tuviera ningún sentido en su vida. Se quedó solo y se murió.
Aquello se convirtió en una tienda de pequeños electrodomésticos: batidoras, licuadoras, transistores. Nadie conocía a los nuevos dueños. Suponíamos que venían con la esperanza de nuevos tiempos después de algún negocio mal avenido.
Duró poco y se transformó en un video-club. Fue bien mientras duró la época de los alquileres Beta y VHS. Y llegaron otras formas de ver películas.
Estuvo una buena temporada vació cuando se cerró. Y un día, en la época del lanzamiento del turismo por parte de las instuciones, los cristales de la tienda se llenaron de carteles de ventas, compras y alquileres de pisos, ficas, locales.
Provisionalmente fue también una farmacia hasta que levantaran un edificio en un solar cercano.
Seguramente se sucedieron nuevos negocios y viejas esperanzas. Han transcurrido muchos años desde entonces. He vuelto, me parece, desde otras vidas.

Ahora cuelga un cartel triste, viejo, abandonado, cansado.

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