jueves, 4 de junio de 2009

La vida de Eugenio Zaldívar (XVIII)



Mi hijo
Ya veis. Llevo impartiendo clases desde hace veinte años. Pasando mañanas enteras con chicos de doce años y también más mayores. Compartiendo la labor docente con ellos, enseñando y aprendiendo a la vez.
Es maravilloso estar entre jóvenes y ser, al mismo tiempo, el observador que asiste a esa ruptura de línea invisible de la niñez hacia la adolescencia y te hacen ser, por unas horas, partícipes de la germinación y procreación de sus sueños. Como el alfarero que da forma a la vasija de barro llegas a sentirte el mismo barro de sus argucias, derrotas pero también de sus ilusiones y sus verdades.¡Qué frágil suerte tengo!
He acurrucado a bebés de otros matrimonios, he llevado de la mano a seres diminutos y grandiosos de otros padres y madres. Y, sin embargo, nunca hasta hoy, he tenido un deseo tan urgente e íntimo de tener el mio propio. Paseo por los parques, por las calles atestadas de madres con sus carritos, de niños jugueteando en la arena de la playa, de niños mocosos con la mirada limpia y hermosa procedente de otra mundo. Últimamente deseo salir de casa no para mirar el alba, ni escuchar el canto de los pájaros, ni mirar los escaparates ni mirar las caras adultas de mis semejantes, sino para observar a esos pequeñuelos que como digo, últimamente producen en mí una fe ciega y un amor inexplicable. Me siento en un banco y observo futuras mujeres que pasan cerca de mí con la esperanza de que alguna se acerque hasta mí como levitando, como anticipando una horizontalidad desnuda junto al fuego del hogar y me solicite en un acto de fe, este prodigioso fruto de vida.

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