sábado, 27 de junio de 2009

Musine



Billy Jean
Homenaje a Michael Jackson

Alguien ha dicho que él bailaba dentro de la música y que la música se acoplaba al electrizante movimiento de su baile. Corrían los años 80s y Billy Jean percutía en las discotecas incansablemente para los dieciochoañeros que entonces éramos. Pero todas, todas: "Thriller", "Smooth criminal", "They way you make me feel", "Beat me", "You rock my world", "Dangerous", "Rock with you", todas, todas nos hicieron ser consciente de cada miembro de nuestro cuerpo, de que podíamos sentir y hacer doblar partes de nuestras extremidades hasta entonces desconocidas, de que existía una nueva manera de expresarnos corporalmente.

Mi punto de encuentro con Billy Jean fue en la discoteca del pequeño pueblo en que veraneaba. Muchas noches tomábamos unas cervezas en un prado o en las escalinatas de la cruz junto a una iglesia, y Pedro Alberto se traía un radiocassette, que le había regalado, en uno de sus viajes, el padre que era piloto. De aquel aparato enorme, inadsequible para el resto de los mortales, oí por primera vez la música de Michael Jackson. Aún recuerdo los sonidos intermitentes de la percusión, la eclosión de sonidos continuados y vertiginosos como si viajasen en una montaña rusa que se detuviera en tramos distintos toda ella metálica o más bien de madera; también oigo la voz susurrada de Michael afilando la noche con su voz-susurro sin letra inteligible como si de sí mismo estuviera a punto de nacer una nueva criatura.

Después de todo eso, nos colábamos en la discoteca y durante muchos veranos no sé por qué, justo al entrar de nuevo en aquella discoteca, donde aún existían reservados con asientos mullidos para los morreos juveniles, siempre nos recibía Billy Jean que sonaba por toda la sala con una calidad acústica que hacia vibrar las barras que separaban la pista de las zonas ocultas para nuestras conquistas de verano. Billy Jean that´s my love...y claro que algunos besos en la oscuridad supimos robar a las chicas mientras nos pavoneábamos y nos contorneábamos en la pista imitando ese prodigio del movimiento. Una noche salí de la discoteca antes de que mis amigos y vi que el extraordinario bailarín seguía bailando en mi mente y en ese cielo estrellado de verano, el cielo más estrellado del mundo, Michael Jackson se deslizaba por y entre las estrellas danzando, encogíéndose y alejándose sin fin en una danza mágica y nueva. Y comprendí mejor eso de los movimientos de rotación y traslación de algunos planetas. Y así verano tras verano hasta que los años y la desbandada de veraneantes echaron el cierre a la discoteca. Pero una nueva criatura había nacido bajo este universo y nos hacía vibrar casi electrocutados al ritmo prodigioso de Billy Jean como cuando entraba en la discoteca y nos esperaba él (y ellas). Por mi parte, cada vez, que cruce los largos pasillos de aeropuertos en sus cintas mecáncias transportadoras siempre jugaré a ser el gran Michael.

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