sábado, 1 de agosto de 2009

La vida de Eugenio Zaldívar (XIX)




Las escaleras

Deambular por la ciudad por sus callejuelas y sus escondrijos es como escudriñar lo que tiene de privado, de oculto, de secreto almacén la trivialidad cotidiana. Por ejemplo, me encuentro en las escaleras que suben del puerto hacia el poblado de pescadores. Me he detenido justo en el primer escalón y de pronto sé que si asciendo peldaño tras peldaño voy a conseguir transportarme de época: postal portuaria de otros tiempos dejando atrás la modernidad de las altas colmenas de edificios, nido de tarántulas, escuela de la soberbia de sus moradores y otras maldades urbanas. Estas escaleras son como el cordón umbilical del pasado con este preciso instante. Si subo y traspaso el umbral del último escalón soy capaz de discernir entre lo objetivo y lo subjetivo, entre la mentira y lo razonable, entre el dolor imaginario y la persistencia en la resignación.
Por eso, casi nunca que paso por aquí veo a nadie acceder por el callejón... hay una pereza humana tan atolondrada, hay una comodidad urbana de aburridas idas y venidas sin pena ni gloria. Volver atrás en el tiempo escuece pero es verdad que es síntoma de que las heridas para curar se sazonan y se determinan en picores transitorios. Soy el caminante que circula por las callejas y rincones recónditos como la sangre por las venas.
Cada objeto, cada lugar, cada momento tiene su música. A las calles portuarias, a las escaleras transmisoras de recuerdos les pertenece una pieza musical a media luz: el fado. El fado es el alma de los puertos y de sus escaleras. El fado está hecho para almas curtidas con una diminuta esperanza de conciliación interna.
Yo aún tengo piernas, fuerzas, esperanzas para andarlas y desandarlas...y si miras bien cuando camines por esas calles y cafés yo soy ese que te mira...fíjate bien. ¿puedes oir el fado desde las escaleras?

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