viernes, 4 de septiembre de 2009

La vida de Eugenio Zaldívar (XX)




Finales de agosto

El verano es fugaz como el avión que refulge diminuto, breve destello que huye. Tan fugaz como los cursos que se suceden uno tras otros y cuyos ex-alumnos seguramente anda en otros continentes, o ausentes en sus noches en pareja o extraviados en sus días repetidos, absortos en un ir y venir laboral, inmemorial, olvidadizo. Tal vez me recuerdan que el tiempo pasa por encima de mí como una niebla repentina. Año tras año tan idéntico final de agosto que abre la temporada de los coleccionables en la televisión y que me avisa que estamos solos y cada vez somos más incultos.

Hay escaparates por toda la ciudad con el género de la nueva temporada. Hasta los bañista se asoman a las barandas del paseo marítimo con ojos incrédulos. Y algunos se mojan hasta las rodillas aferrándose a los días templados de la buena vida.

Sin embargo, el reloj del tiempo es como un embudo. Y del ancho mar me adentré hacia las calles estrechas del centro. Cuando te ví, de nuevo, en el Cafe Viejo, sentada junto a una amiga, no sé si tú enmudeciste o lo dijiste todo con la mirada. De lo que estoy seguro es que toda la ciudad, todas las estaciones (cercano otoño) y también los seres tan dispares que me conforman rotan alrededor de lo que tú no eres aún y a la vez de lo que eres en la estancia amorosa de mi alma y , por descontado, eres en mis paseos profanos por las calles donde nos ha tocado morar y donde estamos condenados a coincidir cualquier día sin previo aviso. Por eso...por eso...porque es final de agosto, el mes que da comienzo al año nuevo de las impresiones y las intenciones.

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