
Rebelión de las máquinas
Apenas me ilusiono cuando entro en el aula. No es que me sienta solo ante una veintena de adolescentes, sino que más bien son ellos los que parecen estar herméticamente solos en una soledad que provieniera de un virus cibernético. Pienso a veces que las nuevas redes de comunicación están en pleno proceso de suplantación del libro y de la figura del profesor y hasta del gusto por quedar con amigos para charlar y ocupar el tiempo. No quieren vivir hasta desgarrarse, sólo informarse, navegar por mundos irreales. Los alumnos vienen cada mañana a la clase como robotizados de información y su mirada fría de bits acaban por sumirme en el abrazo de un cuerpo sin brazos. Me entra un cierto pánico esquemático, un vértigo intelectual, una añoranza de colegio antiguo, una frustación futura. Tengo ante mí a alumnos rusos, rumanos, húngaros, ucranianos, brasileños y otras procedencias que vienen a aprender el idioma. Sin embargo, me quedo callado, ellos se quedan callados, me miran y sé que no nos vamos a entender. Y tengo que salir del recinto cada vez que puedo y perderme por el puerto para calmar esta angustia de ciencia y ficción y saciarme de la algarabía de las gaviotas.
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