domingo, 30 de mayo de 2010

Te escribo un poema



















María

Después del ocaso hay una mujer
que te espera en el andén de la vida.
Atesora maletas que antaño rebosaron desasosiegos de viajeros
que llegaban en trenes enfermos a estaciones terminales
y se encontraban con la mujer cuyas manos redimían de cualquier dolor o herida.
Ella poseía la paz, el delirio, una noche tranquila con Mozart o Chopin,
dueña era de la prueba de que existimos: sus ojos.

Afuera las luces nocturnas de la ciudad les dolían a las estrellas
pero de la mano de ella
el cansancio era un ave migratoria que huye del invierno.
Ella te llevaba al hogar, a la patria donde los amantes renuncian a la muerte,
y allí te bordaba tus iniciales en sábanas blancas.
A veces yo sólo la miraba
y ella atizaba la chimenea con palabras tranquilas
como de mañana limpia y bosque inmemorial
y quemaba en el fuego los remordimientos, las apariencias y hasta la fé
para crear un mundo a pequeña escala, parecido al de un niño que se duerme
sonriendo.
Sus manos curaban, su boca invitaba a empadronarse en su rostro
su existencia simplificaba todas las filosofías y creencias.
Y antes de quedarme dormido en sus brazos
tuve miedo a ser feliz
y huí como un polizón sin billete, como un viajero sin raíces
pero cada vez que llueve y oigo la música aquella

o la noche me sorprende en un banco mirando un charco o una pareja
recuerdo a esa mujer que me esperaba en aquel andén de mi vida.


Autor: Javier Duarte

1 comentario:

Anónimo dijo...

Si fuera mujer, si fuera esa mujer, te sugeriría que cambiaras el adjetivo tan.. misericordioso que define sus ojos(a no ser que hables de la virgen de Lourdes..)pero me gusta y mucho.