jueves, 16 de junio de 2011

Textos y autores















El palenque de José Antonio Mases


   Un día destapó la artesa de madera forrada en tafetán azul que su padre había traído de Tampa dentro del enorme baúl mundo en cuyo  vientre deslumbraban también, ante sus  ojos ávidos de ver, los insólitos objetos -telas sedosas, cajitas de cigarros, peines de colores, zapatos de tacón, monederos  de malla- hasta entonces  desconocidos por ella.
   Creyó hallar en la artesa el acerico, pero le tropezaron las manos con aquellos  despojos polvorientos en que se habían convertido  los huesos de su marido  carlista. Y se santiguó  y volvió  a cerrar la artesa.
   Ocurría con bastante frecuencia  que Enriqueta Lebrato  recorría  todos los rincones de la casa y a veces se demoraba más de un día en encontrar lo que  buscaba. O hallaba  cosas perdidas  que no necesitaba en aquel  momento. También solía ocurrir  que, en plena tarea de búsqueda, le venía la urgencia  de salir al camino y gritar que un malhechor  le había  robado  cosas que guardaba en el armario o en la alacena. Y enumeraba los objetos  de que se consideraba despojada: una peineta, dos ovillos de hilo de zurcir y media libra de azúcar. Al volver a casa, ya no retenía  en la memoria el nombre de lo que estaba rastreando y se sentaba en la mecedora del corredor  y se ponía a canturrear. El vecino de paso le levantaba la vista.
-Enriqueta, mujer, ¿sabes  que vino don Román? Vuelve muy rico, pero echó una barriga como si estuviera preñado. No aparenta muy viejo, y se le ven las piezas de la boca brillando como el puro oro.


   (Ella y Román habían crecido juntos. Y alguna vez los dejaban solos en el monte, agitados por la brisa las hojas de los castaños y entre el musgo del suelo las plantas  arracimadas  de los arándanos  maduros. Cada uno  de los dos no rebasaba la docena de años, pero a ella ya le granaban los pezones en trance de endurecerse, y Román quiso un día de aquellos que Enriqueta se quedara quieta un rato para que él reposara los dedos temblorosos en la carne que quería abultar en el pecho de la niña)


    Una noche  se oyó  el berrido de Enriqueta atravesando el silencio de Vallende, por encima de la lluvia tormentosa, y hallaron a la mujer chapoteando, revuelta la pelambre y mezcladas en los ojos agitados  las aguas del cielo y las aguas del llanto. Dijo que no era capaz de atinar la puerta  de la casa donde dormía, y allá la condujeron, y las mujeres la desvistieron y le colocaron muda seca en el cuerpo. Entonces se puso a temblar  y acabaron dándole a sorber una taza de flor de tilo templado...


El palenque. José Antonio Mases. Ed. Nobel.1992. pág  122-123

1 comentario:

Amelia dijo...

Artesa y alacena, palabras que afortunadamente todavía laten en mi vocabulario. Me encantan.