
El palenque de José Antonio Mases
Un día destapó la artesa de madera forrada en tafetán azul que su padre había traído de Tampa dentro del enorme baúl mundo en cuyo vientre deslumbraban también, ante sus ojos ávidos de ver, los insólitos objetos -telas sedosas, cajitas de cigarros, peines de colores, zapatos de tacón, monederos de malla- hasta entonces desconocidos por ella.
Creyó hallar en la artesa el acerico, pero le tropezaron las manos con aquellos despojos polvorientos en que se habían convertido los huesos de su marido carlista. Y se santiguó y volvió a cerrar la artesa.
Ocurría con bastante frecuencia que Enriqueta Lebrato recorría todos los rincones de la casa y a veces se demoraba más de un día en encontrar lo que buscaba. O hallaba cosas perdidas que no necesitaba en aquel momento. También solía ocurrir que, en plena tarea de búsqueda, le venía la urgencia de salir al camino y gritar que un malhechor le había robado cosas que guardaba en el armario o en la alacena. Y enumeraba los objetos de que se consideraba despojada: una peineta, dos ovillos de hilo de zurcir y media libra de azúcar. Al volver a casa, ya no retenía en la memoria el nombre de lo que estaba rastreando y se sentaba en la mecedora del corredor y se ponía a canturrear. El vecino de paso le levantaba la vista.
-Enriqueta, mujer, ¿sabes que vino don Román? Vuelve muy rico, pero echó una barriga como si estuviera preñado. No aparenta muy viejo, y se le ven las piezas de la boca brillando como el puro oro.
(Ella y Román habían crecido juntos. Y alguna vez los dejaban solos en el monte, agitados por la brisa las hojas de los castaños y entre el musgo del suelo las plantas arracimadas de los arándanos maduros. Cada uno de los dos no rebasaba la docena de años, pero a ella ya le granaban los pezones en trance de endurecerse, y Román quiso un día de aquellos que Enriqueta se quedara quieta un rato para que él reposara los dedos temblorosos en la carne que quería abultar en el pecho de la niña)
Una noche se oyó el berrido de Enriqueta atravesando el silencio de Vallende, por encima de la lluvia tormentosa, y hallaron a la mujer chapoteando, revuelta la pelambre y mezcladas en los ojos agitados las aguas del cielo y las aguas del llanto. Dijo que no era capaz de atinar la puerta de la casa donde dormía, y allá la condujeron, y las mujeres la desvistieron y le colocaron muda seca en el cuerpo. Entonces se puso a temblar y acabaron dándole a sorber una taza de flor de tilo templado...
El palenque. José Antonio Mases. Ed. Nobel.1992. pág 122-123
1 comentario:
Artesa y alacena, palabras que afortunadamente todavía laten en mi vocabulario. Me encantan.
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