
El armario
Un aparador, el cajón de una alacena, el de un mueble bar, una mesilla de noche, un ropero o una caja de madera en donde guardamos las cosas que vistieron nuestra piel y donde alentamos la llama de amor para que no se apagara; y entonces lo que hizimos fue activar la cuenta atrás del tiempo evadido que se nos fue definitivamente de las manos. ¿Qué cosas escondimos allí en vez de guardarlas?¿Alojamos sólo un pretérito con niebla en la memoria? ¿Qué cosas apartábamos a esos depósitos transitorios que no fueran sólo escamas y fotos y cartas y tal vez el primer poema con letras manchadas de lágrima? El armario, al fin y al cabo, se convirtió en la sepultura de las cosas olvidadas. Crecimos y todas las cosas y ropajes las fuimos enterrando en esos nichos muliformes porque el ser humano es el único ser de la creación que entierra las cosas vivas mientras, a la vez , muere cada día. Por eso, al final, como si quisieramos ocultarnos en el útero materno, o bien reposarnos de la vida misma, nos metemos, todo entero o lo que queda de nuestra memoria, en otra caja donde ya no están las cosas que, antaño, escogimos guardarlas en los armarios.