martes, 3 de marzo de 2009

Musine (10)



Cinema Paradiso
Uno tiene la impresión de que la vida de uno mismo es lo que tarda en recorrer una tortuga el vagón de un tren de alta velocidad. No hay película más alucinantemente enternecedora (pero no lánguida ni sentimentaloide) que ésta. No sólo por la historia (maravillosa historia del y sobre el cine en un pueblo y de sus habitantes). Toda la historia pertenece a la etapa de la vida en que la ingenuidad nos deslumbra y a la vez ensancha las distancias y dilata los días estivales. Es una película para los que se establecen en la ingenuidad como modo de vida y en el dolor de amor ocultado hasta el fin. La misma música lo dice.

¿Y la música de Cinema Paradiso qué? Yo quisiera contar otra historia mía, en esta sección (para eso se creó esta sección), que acompañe la banda sonora de la película y la de mi vida a la vez. Pero soy incapaz esta vez. Todo lo que se me ocurre es ser el Totó niño amante del cine y amigo de Alfredo y ser el Totó adolescente perdidamente enamorado de los ojos verdes de Elena y de un no sé qué antojo en la cara el primer día en que la vi. De mis citas incondicionales al cine en la programación doble aunque mi madre se disgustara conmigo porque llegaba tarde a casa o me gastaba el dinero de la leche en la entrada del cine. Crecí con la música del cine mudo y sonoro mientras nos hacíamos mayores (el pobre Alfredo, el tonto de "la plaza es mía", mi hermana, mi madre, todos).

Estuve noveinta y nueve días bajo el balcón de Elena para que comprendiera que la amaba.

Me hice mayor en el servicio militar y cuando Elena se fue del pueblo porque trasladaban a su padre. Y entonces me fui del pueblo yo también para siempre y jamás volví a ver a Elena, jamás. Solo volví al entierro de Alfredo que m3 hizo el mejor regalo del mundo después de los besos y los ojos verdes de Elena: la película más hermosa de los besos dados en el cine.